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La negra figura del toro se encuentra
indefectiblemente unida al hombre ibérico desde tiempos
primitivos. Ocres legados de firmes trazos así lo
testimonian en cuevas y abrigos rocosos, donde, antes de que naciera la
historia, ya se reflejó la muy particular
relación mantenida con el perdido uro. Divinidad o mito,
representación de fuerza y fiereza o mimada res
doméstica, las diversas culturas que poblaron Iberia
hicieron de esta especie su principal referencia en el mundo animal. El
toro y el hombre estaban destinados a convivir y a combatir, a
relacionarse, íntimamente, en un lugar que, para muchos, no
es más que una extensa y curtida piel de toro.
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Los
textos bíblicos son la primera referencia escrita que existe
sobre el toro. Dios hizo el mundo y lo pobló con infinitas
especies, entre ellas, el toro y, por supuesto, el hombre. Uno y otro
han convivido durante siglos e, incluso, antes de las referencias
sagradas, las tribus primitivas significaron la atracción
que les producía dicho animal sobre las calizas rocas de sus
cavernas. Misterio negro encabezado de astifinas cuernas que, en la
Biblia, corresponde a los mismos símbolos representados por
bueyes, novillos, becerros y vacas.
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Antiguamente,
el apelativo de buey referenciaba toda la raza bovina. Ahora, el buey
ha sido toro y el toro no ha sido buey. Este designa al animal de
trabajo; aquél, al criado con mimo y regalo, cuyo destino es
el sacrificio, bien por el culto a Dios, bien para
manutención del hombre. El bos (buey) representa fortaleza,
fiereza y acometividad violenta, riqueza y opulencia, gratitud,
fecundidad, soberbia, alegría y hermosura. Las citas son
abundantes: el Libro de Job contiene a Ron, especie de toro salvaje de
"dos metros de alto" y Basau era el lugar donde se criaban, en
ganaderías, los toros más gordos y bravos.
El simbolismo del buey tenía su mayor expresión
en los sacrificios efectuados en los días festivos marcados
por la antigua ley. Pascua, en primavera; Pentecostés, en
verano; y Tabernáculos, en otoño, eran los
momentos elegidos para la muerte, entre aclamaciones, de toros
sacrificados a la divina justicia. Sin olvidar que, junto con el
león, el águila y el hombre, el toro es uno de
los cuatro animales simbólicos del Apocalipsis, los
más poderosos de la tierra, atributos de San Marcos, San
Lucas, San Juan y San Mateo.
Festejos similares a los celebrados por los griegos, quienes
sentían predilección por el toro y, con
él, celebraban fiestas en honor de los dioses que, a su vez,
recibían sobrenombres taurinos. En Tesalia,
tenían lugar las taurocatapsias (de tauro y de kataptein,
que significa ligar) donde los jinetes corrían tras los
toros hasta cansarlos. Luego, los cogían por las defensas y
los derribaban, torciéndoles el cuello. Este fue el
espectáculo - según testimonio del naturalista
Plinio - que el emperador romano Julio César introdujo en el
circo romano un siglo antes de la Era Cristiana. Incluso, Rodrigo Caro
afirma en sus "Días geniales o lúdricos" que las
diversiones de Tesalia pasaron a Iberia, por lo que "a los toreadores
llamaban tesalos".
Mas, la presencia del toro como
significante no ocurre sólo en la Biblia. El hombre
troglodita también encontró en su efigie un
destacado motivo para expresar, en sus pinturas, su forma de vida. En
las cavernas del norte español, de la Aquitania francesa y
en el arte cuaternario de Cantabria se conservan los trazos de bien
armados toros. Un mágico intento de cazar animales a
través de la pintura; un modo mágico de aumentar
su producción y mutiplicación, pero, sobre todo,
pruebas palpables de la existencia prehístórica
del bravío animal y de que ya era cazado.
Precisamente, en la Edad Cuaternaria, los hielos de la
última glaciación empujaron hacia el templado sur
a muchas especies animales que alcanzaron la zona
cántábra. Junto a los rebaños de
renos, el elefante lanudo de grandes colmillos retorcidos, el
rinoceronte de tabicada nariz, los caballos y las cabras silvestres, el
gran oso, el león y la hiena de las cavernas llegaron los
bisontes, los toros salvajes que constituyeron el origen del toro bravo
español.
Los dibujos de bóvidos en grutas y abrigos se encuentran,
por ello, distribuidos por toda Iberia, destacando los de Asturias
(Peña de Candamo, Buxu, Loja, Pindal, Tito Bustillo),
Santander (Altamira, Pasiega, Castillo, Covalanas y Hornos de la
Peña), Vizcaya (Basondo, Santimamiñe y San
Martín), Guipúzcoa (Altxerri y Cestona), Soria
(Balonsadero), Cuenca (Peña del Escrito, Rambla del Enear y
Marmalo), Teruel (Prado del Navazo y Callejón del Plou),
Lleida (Cogul), Tarragona (Montsía y Valltorta),
Castellón (Remigia), Albacete (Minateda y Venado), Murcia
(Cantos de Arabí y La Pileta) y Cádiz (El Arco).
El uro.
Son pruebas de un antiquísimo culto del
toro, como demuestran los testimonios de Diodoro. La figura del toro
salvaje se representa de forma naturalista: marcada corpulencia y
fuerza, en especial los cuernos. A veces, el hombre se encuentra junto
a él como cazador. En algunos lugares, se produce una
antropomorfización del toro, pero en Iberia su figura
está ligada a la magia del mundo vegetal, del animal o del
humano. De un ser ligado a la tierra, sobre la que se yergue su figura
benéfica, presente en el mundo humano como amigo
aristocrático y familiar, cuyo máximo prestigio
nace de su poder generativo.
El arte rupestre se complementa,
además, con el hallazgo de monumentos
arqueológicos referentes a la existencia del toro y a su
condición de protagonista en lo que, luego, fue un
espectáculo de masas. Ejemplo de ello son la Piedra de
Clunia (estela taurina donde un toro acomete a un hombre armado con un
escudo y una espada), el Vaso Historiado de Liria (en el que, dos o
tres siglos antes de Cristo un cornalón se enfrenta a dos
cazadores con sendas mazas) o los conocidos Toros de Guisando.
Los fósiles y los restos prehistóricos
también evidencian la presencia del toro en
España miles de años antes de que pudieran
traerlo celtas, por el norte; griegos, por el este; y africanos, por el
sur. Así sucede en la santanderina cueva de Pando, los
yacimientos del Pisuerga y del madrileño valle del
Manzanares, lugar al que acudían las reses a beber y donde
serían cazados y descuartizados por el hombre.
Los terrenos cuaternarios cuentan con fosilizados restos del uro, la
forma primitiva del bóvido actual. Este toro salvaje del
neolítico está considerado como el
único ascendiente de todas las razas actuales y habitaba las
tierras de Iberia e Inglaterra, desde el oeste de Europa hasta China.
En unos y otros sitios, sería domesticado para obtener
carne, leche, pieles y fuerza para el trabajo, motivo suficiente para
lidiarlos. Por ello, la caza se convirtió en un combate
donde la bravura y la nobleza de la bestia, la ciega acometividad para
la pronta embestida y la ausencia de malicia y astucia para no ser
engañado sugirió al hombre la idea de sortear al
animal hasta dominarlo y vencerlo.
El toro primigenio fue un animal feroz que los alemanes llaman auerochs
y los germanos y celtas debieron conocer por la similar voz de auroch
(de aur, salvaje; y och, toro). Esta, en latín, sonaba como
el vocablo urus, que Julio César introdujo en su idioma y
correspondía a un cuadrúpedo enorme y muy
peligroso. Debió ser, en cualquier caso, muy distinto de
aquéllos cuya cruz se alzaba a casi dos metros de altura.
Mas, aún así, gozaría de dos largos
cuernos y de pelo negro en los adultos, castaño oscuro a
veces, con un listón blanco en el espinazo, y más
claro en terneras y becerros.
El uro habitó los bosques de la Europa central y
nórdica, hasta que desapareció como especie
durante la Baja Edad Media. No obstante, perduraba al principio del
siglo XV en los bosques lituanos, cerca de Prusia, y, aún
dos siglos después, en el bosque polaco de Jaktorowka, al
suroeste de Varsovia. Incluso, representaciones de este bos primigenius
se han encontrado entre los ríos Tigris y Eufrates.
El toro
español
Como raza propia, el llamado toro español es,
básicamente, un auroch o uro más
pequeño, resultado final de su mezcla con determinadas
especies llegadas desde Africa. De hecho, el toro asiático,
venido del norte, mostró bravura sólo en Navarra,
consecuencia de una vida salvaje y apropiada alimentación.
Por su parte, el africano ligó bien en sus cruces con el
bravo ganado que ya pastaba en las marismas andaluzas. El resultado de
la mezcla de estas reses con las primeras y con las
indígenas del centro de España se impuso sobre el
ganado palurdo característico de las serranías
jiennenses y sobre el morucho de campos castellanos.
La traslación de éstos últimos hacia
ramificaciones navarras ofreció el antiguo toro castellano,
de ya olvidada existencia. Al igual que, en la actualidad, el ganado
céltico, característico por sus cuernos
verticales y por sus pintas rojas, amarillentas y aleonadas,
constituye, para algunos tratadistas, la raza denominada bos taurus
celticus, esparcida por el norte de España y Portugal.
Ante semejante mezcolanza entre unas y otras razas, no se debe obviar
que las pinturas rupestres indican que el toro existía ya en
España antes de la llegada de los celtas, por lo que esta
especie ya sería propia. Igualmente, entre el fiero auroch y
los mansos bóvidos de otras regiones, destaca que el sur
penínsular ofreció siempre reses de
bravío temperamento.
Y sólo la
evolución del toreo, de la caza al deporte de caballeros, ha
fomentado el posterior desarrollo del toro, desde que, en los inicios
del siglo XVII, se constituyeron, como tales, las primeras
ganaderías, encargadas de afinar la crianza selectiva.
Así, cuando comenzó el toreo a pie era
fácil deslindar la geografía del toro y notorias
las diferencias entre el navarro, el castellano y el andaluz, aunque,
en todos ellos, se buscara potenciar la fiereza.
Para ello, el despoblado campo proporcionaba enormes extensiones de
terreno adehesado para los toros, cuya crianza no entrañaba
ninguna dificultad. Las ganaderías de reses bravas crecieron
desde el siglo XVII e, incluso, algunos datos aislados apuntan a fechas
anteriores. No obstante, el desglose de las reses más
bravas, con destino a las corridas, no se produjo hasta principios del
siglo XVIII, época en la que aparecen abundantes nombres de
ganaderos y de lugares de pastoreo.
Las castas
Por ejemplo, en 1606, consta, en Aranjuez, la ganadería del
Real Patrimonio y, en Talavera, en el pago del Soto, la de Francisco
Meneses Martínez. En 1618, aparece Juan Sánchez
Jijón. En 1638, destaca Gaspar Valdés, en
competencia con la de Fabiana, tan popular, que ni siquiera se menciona
su apellido. En 1646, se inicia como ganadero Antonio Madrid Mostacero,
de la toledana Consuegra, y un largo etcétera que demuestra
la existencia, ya en el siglo XVII, de definidas ganaderías
y distintivos marcados a fuego con hierro.
Todas ellas han cuidado al toro. Lo han mimado y lo han criado buscando
potenciar determinadas características hasta crear lo que se
conoce como castas. Tal término hace referencia al conjunto
o sucesión de individuos de la misma especie, de origen
común y caracteres similares, transmisibles por
generación. Cada casta o encaste constituye una familia o
gran variedad de la especie y su distinción se funda en el
tipo, conformación, condiciones de lidia...
Dentro de la especie, las
variedades Navarra, castellana y andaluza presentan las
características más peculiares, por lo que
podría decirse que constituyen las castas esenciales. El
toro andaluz de piel suave, extremidades cortas, lomos rectos, poder y
nobleza. El toro castellano de pelo más basto, corpulencia y
extremidades largas, mucha cuerna y resistencia. El toro navarro, poco
corpulento, cornicorto y bravo. Sin embargo, Navarra, Castilla y
Andalucía tienen tal variedad de toros como para
distinguirlos y clasificarlos como de distinta casta.
Hoy, en términos generales, están bastardeadas
aquellas razas que tanta fama dieron a sus primeros criadores. Perduran
la de Vistahermosa y, menos pura, la de Vázquez. Apenas
queda de las de Jijón y Cabrera. Hoy, ya casi no hay
diferencia de castas, ni de pintas, ni de tamaños, ni de
encornaduras, ni de poder, ni de tipos y condiciones de lidia. Casi
todos los toros son negros, pequeños, aunque sean finos,
pastueños, dóciles. Toros monótonos de
aspecto y de acción, que se prestan y contribuyen al estilo
del toreo al uso.
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